La batalla de Inglaterra.

Nunca en la historia del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos.

Winston Churchill, a los pilotos del escuadrón 303 polaco de la Royal Air Force

Cuando estaba en el aire, de su concentración no dependía el resultado de un examen de cálculo de los de la academia militar, o la victoria o la derrota en el ajedrez. Cuando las nubes cubrían a Pierre,  de su concentración y de una maquiavélica comunión entre suerte y décimas de segundo de reacción lo que dependía era su vida. Pequeñas esquirlas de devastación rodeaban su Spitfire mientras con fuego en los ojos intentaba que en esa danza de balas que era el encuentro con los enemigos su máquina prevaleciera sobre el aire para poder dormir un día más.

Un Spitfire ensamblado durante la Segunda Guerra Mundial, volando en 2005.

Un Spitfire ensamblado durante la Segunda Guerra Mundial, volando en 2005.

Pierre creía que luchaba sólo ya por la vida propia. Francés de nacimiento, desde su infancia cultivó una pasión por la aeronavegación, y no pudiendo sus padres pagarle unos estudios de ingeniería civil aeronáutica, finalizado el bachiller se alistó en las fuerzas aéreas del país, para formarse allí como piloto. Y en esas miraba con decepción la no intervención de su nación y Reino Unido en la drôle de guerre, a pesar de los acuerdos firmados y las guerras declaradas, cuando Alemania desató una campaña al oeste de sus fronteras en el continente, y Pierre cambió drásticamente de opinión.

Arrastrado por las caóticas circunstancias y sin poderse despedir siquiera de su rubia novia, oriunda de un pueblecillo de las Ardenas, donde estaba la academia, ni de sus padres, parisinos, Pierre se desayunó en un buque inglés, partiendo con miles de compatriotas a Gran Bretaña para continuar desde allí la guerra. A finales de mayo, dieciséis días después del ataque alemán, una buena parte del ejército francés huía.

La operación Dinamo, o milagro de Dunkerque.

La operación Dinamo, o milagro de Dunkerque.

Como estudiante de aeronavegación que era, Pierre fue asignado a la Royal Air Force, y allí realizó labores de logística. Entre la escritura de cartas cuya entrega era dudosa y el estudio de los eficaces cazas ingleses, llegó la tan esperada y tan terrible noticia un mes después: Francia se rendía de manera oficial. Y el contingente alemán pretendía ahora  hacerse con la isla británica. Por suerte, no podrían hacerlo por mar: la superioridad de la Marina Británica era patente. No obstante, aunque este hecho parecía dar otra oportunidad a los ingleses y a la lucha contra el fascismo, Pierre tragó saliva cuando tuvo noticia de la alternativa germana: la lucha sería por aire.

Nuestro francés sólo recuerda esos dos meses anteriores a los bombardeos de manera difusa, trabajando a destajo en una de las fábricas inglesas de cazas, que según estudios actuales,  y atentando al tópico de la eficiencia germana, eran más competitivas que sus homólogas alemanas. Lo que pasó poco después, para su desgracia, sí lo recuerda. La primera táctica alemana fue la de atacar objetivos militares, fábricas, defensas, aeródromos, y la factoría donde trabajaba fue bombardeada más de una vez.

Los pilotos ingleses salían precipitadamente cuando las alarmas sonaban, en demasiadas ocasiones para no volver. Unos eran jóvenes e inexpertos, que miraban a la muerte por vez primera, y otros, no tan inexpertos y también jóvenes, pero en cuyas miradas pesaban todos los años de sus compañeros caídos. Pierre, como todas las personas que viven la guerra en primera persona, se sintió al principio completamente desolado, para asumir luego la realidad y seguir su trabajo apáticamente con una desgarradora serenidad que no era más que fruto de las grietas de su alma.

Y mientras la humanidad de los pilotos británicos caída en picado , también lo hacía la de los dirigentes alemanes. El nuevo plan de la Luftwaffe era el de atacar a las poblaciones civiles, y la ciudad de Londres fue bombardeada. Los británicos reaccionaron, y atacaron a su vez Berlín, en una operación bastante modesta que no sirvió más que para humillar al enemigo, ya que en esos momentos tenía lugar en la capital germana un encuentro con las autoridades soviéticas para la firma de tratados tras la caída británica que Hitler pronosticaba. Pierre bebió e insultó a los alemanes con sus colegas ingleses esa noche, un efímero momento de alegría para una nación y un ejército que ya antes de la principal ofensiva fascista estaban devastados.

La implacable estrategia de Churchill tuvo éxito: los mandos alemanes, llevados por la ira, cometieron un error decisivo ordenando que los ataques dejaran de dirigirse a los aeródromos y que se dirigieran a los núcleos poblacionales. Una decisión, tomada a finales de agosto, que costó miles de vidas civiles, pero que acabó convirtiendo a los aliados, en ese entonces compuestos en la práctica solamente por Reino Unido, victoriosos en la batalla de Inglaterra. Si bien esto permitió una mayor producción de aeronaves, el número de pilotos en activo había descendido drásticamente debido al número de bajas. Ante este panorama, se presentaron en la Royal Air Force multitud de escuadrones extranjeros: polacos, canadienses, australianos, sudafricanos, voluntarios argentinos y, por supuesto, franceses, a los que se unió Pierre como uno más.

Winston Churchill

Winston Churchill

Un sentimiento de orgullo y de terror recorrió como un relámpago la espalda del francés cuando le presentaron la que sería su máquina: un Spitfire reluciente en cuyas alas uno de sus compañeros había pintado la escarapela de la Armée de l’Air, que representaba los colores de Francia. La superioridad en maniobrabilidad y velocidad de esta aeronave frente a los lentos bombarderos y los cazas alemanes era flagrante, y su acción combinada con los radares, en posesión de los británicos y de reciente invención, era muy efectiva. La mayoría de los pilotos tenían que contentarse con los Hurricane, un modelo inferior pero a su vez también eficaz, pero Pierre tenía en sus manos el terror de los alemanes.

La prensa británica recogió ese cambio de paradigma alemán como una forma inconfesa de aceptar la victoria inglesa, pero la realidad no es tan agradable: se calcula que murieron treinta mil civiles y hubo un número similar de heridos, muchas ciudades fueron bombardeadas continuamente durante más de dos meses, los alemanes redujeron a escombros ciudades de arquitectura señalada, y todo el país resistió hasta que en noviembre Hitler decidió suspender parcialmente la destrucción por aire de Reino Unido para dedicarse a preparar la invasión por tierra de la Unión Soviética, como hiciera Napoleón más de un siglo antes.

Desde entonces el ataque alemán se redujo a escaramuzas nocturnas que llegaron incluso a bombardear la ciudad de Belfast, en la isla de Irlanda. La actividad cesó y en la primavera de 1941 finalizaron los ataques en gran escala. La resistencia británica había resultado victoriosa. Durante casi un año completo esta nación resistió en solitario el ataque nazi. Posteriormente entraría Rusia en la guerra tras el ataque alemán a sus fronteras, y medio año después, Estados Unidos, tras el ataque japonés a la base de Pearl Harbour. Cuatro años después de abandonar su patria, Pierre sobrevoló las costas de Normandía y participó desde el aire en la liberación de Francia. Volvió a abrazar a su madre y a ver las calles de su París natal, pero nunca encontró a la rubia de las Ardenas.

José Román, 17 de febrero de 2013

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Stanley Kubrick: uno de los mejores cineastas de todos los tiempos.

– ¿Y cómo has podido matar a mujeres y niños? – Fácil. Sólo hay que apuntar un poco mejor… ¡Qué puta es la guerra, eh!

La chaqueta metálica (1987)

¡Buenos días, Vietnam! Vi recientemente de nuevo la película de Stanley Kubrick La chaqueta metálica, y estuve pensando sobre todo el ciclo de películas del director estadounidense, y pensé en escribir una entrada sobre ello.

Rememoremos: Stanley Kubrick nació en 1928, y murió en 1999, dedicando su vida, tras una primera etapa de dedicación a la fotografía, casi por completo al cine. No obstante, no fue un director muy prolífico: sólo trece obras llevan su firma. Y, curiosamente, todas las obras de Stanley Kubrick son de géneros completamente diferentes, y todas ellas son obras maestras, obras en la primera línea de sus respectivos géneros.

ImagenAutorretrato de Stanley Kubrick en 1950.

No es frecuente que los directores de cine divaguen por géneros tan dispares como hizo Kubrick. Y es que este director no fue un cualquiera: con toda su obra demostró que dominaba cualquier género cinematográfico, desde la película histórica romana con Espartaco (1960), a la película de terror con El resplandor (1980), pasando por géneros tan diversos como la ciencia ficción (2001: Odisea en el espacio 1968), el drama romántico (Lolita 1962), la película bélica (La chaqueta metálica 1987), la película antibélica (Senderos de Gloria 1957) o el humor negro, con la película sobre la psicosis en la guerra fría Dr. Strangelove, de 1964.

Y es que no era Stanley Kubrick ni mucho menos un director conformista: todas sus obras son fruto de un trabajo y una rigurosidad casi obsesivas. Sus películas tienen años de trabajo conceptual y miles de tomas a las espaldas. En la mítica escena del cine de una de sus más famosas películas, La naranja mecánica, de 1971, Malcolm McDowell, que interpretaba al protagonista del film, acabó desgarrándose la córnea con los ganchos que tenía en los párpados, y como la escena exigía que recreara el dolor físico y el auténtico pánico, los realizadores no se percataron del accidente hasta el fin de la toma.

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He aquí la escena en cuestión.

La última obra de Stanley Kubrick fue Eyes Wide Shut, 1999, un drama casi surrealista. El director murió pocos días antes del montaje final de un ataque al corazón, quedando entre sus archivos un proyecto que le acompañó durante casi toda su vida, durante más de cuarenta años, y que podría haberse convertido en la gran película de su carrera: una película biográfica de Napoleón.

Pero no pudimos ser testigos de ello. Para la memoria fotográfica colectiva quedan todas sus demás obras, grandes obras maestras de un hombre que superó el cine.

José Román, 15 de febrero de 2013.

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Los Nobel y la creación de la bomba nuclear.

Ahora todos somos unos hijos de puta.

Kenneth Bainbridge, director del Ensayo Trinity, la primera detonación nuclear de la historia, que formaba parte del Proyecto Manhattan de obtención de la bomba nuclear en la Segunda Guerra Mundial.

Alfred Nobel, inventor de la dinamita, consciente del daño que a la humanidad había hecho la utilización en la guerra del fruto de su trabajo e impulsado por el mensaje de crítica que apareció en una esquela errónea de su muerte en un periódico francés, legó su enorme fortuna a la creación de los premios que hoy llevan su nombre, y que son otorgados a los artífices del progreso científico en algunas de las disciplinas más destacadas del conocimiento humano.

Pero las intenciones de Nobel de hacer bueno el progreso científico quedaron ahí. Por curiosidades macabras de la vida, algunos de los galadornados con sus premios acabaron haciendo también daño a la humanidad, participando directamente o dando pie a investigaciones sucesivas.

Normalmente es más común la censura a los científicos del bando alemán, como Heisenberg (nobel de física en 1932) u Otto Hahn (nobel de química en 1944), pero son más populares los científicos que participaron en la investigación estadounidense, el Proyecto Manhattan, entre los que destacan los nombres de Enrico Fermi (nobel de química en 1938), Ernest Lawrence (el mismo en 1939), o Niels Bohr (1922), judío que, para más inri, huyó a los Estados Unidos por la ocupación nazi de Dinamarca.

Bien es cierto que la motivación de los científicos de los aliados parecía ser diferente a la de los alemanes: pretendían desarrollar la bomba nuclear para dar pasaporte al Eje antes de que éste finalizara su propio programa nuclear. Personalidades como la de Albert Einstein (nobel de física en 1921) llegaron a apoyar la creación de la bomba nuclear ante este panorama. Sin embargo, la actitud de los líderes estadounidenses fue cuanto menos deplorable: la bomba fue finalmente desarrollada una vez tumbado el régimen nazi, y empleada sin piedad contra la población civil de Japón, país que tenía un programa nuclear prácticamente simbólico.

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En la foto vemos a una trabajadora estadounidense del programa científico. Especial atención a la palabra REACTOR de la banda de su brazo.

Por suerte, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de estos líderes se declaró contraria a la guerra nuclear, y se apartaron de los programas estatales de Estados Unidos y Rusia. De hecho, algunos, como Richard Feynman (nobel de física en 1965), cayeron en desgracia por declaraciones contrarias a la política del ultraconservador presidente norteamericano Nixon.

Albert Einstein y Bertrand Russell (nobel de literatura en 1950) firmaron el Manifiesto que lleva sus nombres alertando a los gobiernos del peligro de la carrera nuclear. Bohr abogó por el uso pacífico de la energía nuclear. Fermi acabó rechazando la bomba de hidrógeno. Lawrence participó en negociaciones para la suspensión de ensayos nucleares. Al parecer se confirmó que Heisenberg no se había tomado en serio su investigación, y los errores en sus bocetos eran deliberados.

La Guerra Fría avanzó, la Unión Soviética sufrió una crisis profunda, en 1986 la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) explotó por errores humanos y la opinión pública acerca de la energía atómica cambió drásticamente. Y, afortunadamente, el peligro inminente de crisis nuclear desapareció, y ya van casi treinta años en los que la humanidad no es víctima de esa psicosis colectiva que tan patente ha quedado en sociedades como la norteamericana o la japonesa.

Esperemos que Corea del Norte, Irán, Israel, o los verdaderos peligros, China y Estados Unidos, no den la nota.

José Román, 14 de febrero de 2013.

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