Los Nobel y la creación de la bomba nuclear.

Ahora todos somos unos hijos de puta.

Kenneth Bainbridge, director del Ensayo Trinity, la primera detonación nuclear de la historia, que formaba parte del Proyecto Manhattan de obtención de la bomba nuclear en la Segunda Guerra Mundial.

Alfred Nobel, inventor de la dinamita, consciente del daño que a la humanidad había hecho la utilización en la guerra del fruto de su trabajo e impulsado por el mensaje de crítica que apareció en una esquela errónea de su muerte en un periódico francés, legó su enorme fortuna a la creación de los premios que hoy llevan su nombre, y que son otorgados a los artífices del progreso científico en algunas de las disciplinas más destacadas del conocimiento humano.

Pero las intenciones de Nobel de hacer bueno el progreso científico quedaron ahí. Por curiosidades macabras de la vida, algunos de los galadornados con sus premios acabaron haciendo también daño a la humanidad, participando directamente o dando pie a investigaciones sucesivas.

Normalmente es más común la censura a los científicos del bando alemán, como Heisenberg (nobel de física en 1932) u Otto Hahn (nobel de química en 1944), pero son más populares los científicos que participaron en la investigación estadounidense, el Proyecto Manhattan, entre los que destacan los nombres de Enrico Fermi (nobel de química en 1938), Ernest Lawrence (el mismo en 1939), o Niels Bohr (1922), judío que, para más inri, huyó a los Estados Unidos por la ocupación nazi de Dinamarca.

Bien es cierto que la motivación de los científicos de los aliados parecía ser diferente a la de los alemanes: pretendían desarrollar la bomba nuclear para dar pasaporte al Eje antes de que éste finalizara su propio programa nuclear. Personalidades como la de Albert Einstein (nobel de física en 1921) llegaron a apoyar la creación de la bomba nuclear ante este panorama. Sin embargo, la actitud de los líderes estadounidenses fue cuanto menos deplorable: la bomba fue finalmente desarrollada una vez tumbado el régimen nazi, y empleada sin piedad contra la población civil de Japón, país que tenía un programa nuclear prácticamente simbólico.

Imagen

En la foto vemos a una trabajadora estadounidense del programa científico. Especial atención a la palabra REACTOR de la banda de su brazo.

Por suerte, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de estos líderes se declaró contraria a la guerra nuclear, y se apartaron de los programas estatales de Estados Unidos y Rusia. De hecho, algunos, como Richard Feynman (nobel de física en 1965), cayeron en desgracia por declaraciones contrarias a la política del ultraconservador presidente norteamericano Nixon.

Albert Einstein y Bertrand Russell (nobel de literatura en 1950) firmaron el Manifiesto que lleva sus nombres alertando a los gobiernos del peligro de la carrera nuclear. Bohr abogó por el uso pacífico de la energía nuclear. Fermi acabó rechazando la bomba de hidrógeno. Lawrence participó en negociaciones para la suspensión de ensayos nucleares. Al parecer se confirmó que Heisenberg no se había tomado en serio su investigación, y los errores en sus bocetos eran deliberados.

La Guerra Fría avanzó, la Unión Soviética sufrió una crisis profunda, en 1986 la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) explotó por errores humanos y la opinión pública acerca de la energía atómica cambió drásticamente. Y, afortunadamente, el peligro inminente de crisis nuclear desapareció, y ya van casi treinta años en los que la humanidad no es víctima de esa psicosis colectiva que tan patente ha quedado en sociedades como la norteamericana o la japonesa.

Esperemos que Corea del Norte, Irán, Israel, o los verdaderos peligros, China y Estados Unidos, no den la nota.

José Román, 14 de febrero de 2013.

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Acerca de aquidelta

¡Buenos días Vietnam! Mi nombre es José Román, y soy un estudiante de bachillerato de Andalucía. Pretendo estudiar medicina, y especializarme en psiquiatría. Algunos de mis intereses son la música, el rock melódico o el indie, la literatura, el cómic, el periodismo, la historia o la psicología.
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